miércoles, 2 de julio de 2008

La dama del baño

Fue tan raro todo, que durante unos meses dudó de la veracidad de la situación. Es que tan sólo dos miradas bastaron para que esa mina lo “bajara” del tren y de alguna manera hacerle vivir algo que jamás olvidaría.
Tres minutos apenas tardaron en llegar hasta el baño de la estación. El lugar era bastante asqueroso. Sucio como la mayoría de los baños públicos, las canillas no funcionaban y en los inodoros nadaban las peores inmundicias. Un olor acre complicaba la respiración. A punto estuvo de preguntarle su nombre, pero rápidamente tomó conciencia de lo estúpida y sin sentido que resultaba la pregunta, pues se imaginaba por la manera de verla actuar, que a ella poco y nada le interesaba saber su nombre y menos todavía, intercambiar algunas palabras.
Las paredes, bastantes sucias, estaban repletas de afiches publicitarios. En el espejo del lavabo un papel ofrecía masajes y compañía por escasos veinte pesos. Un poco más arriba un letrero pedía por favor no tirar papeles por el inodoro.
Le fascinaba no tanto la mujer, sino la situación. Se sentía un pendejo, de esos que sin temor alguno, se meten en una plaza a las cuatro de la mañana con cualquier mina sin conocerla y que después no recuerdan nada. Se excitaba de solo pensar que no estaba en un albergue, ni en su casa y ni en la de ella, sino que en un baño y público y peor todavía, sucio, muy sucio.
Hacía tan solo tres minutos que estaban ahí. De pronto se escucha que alguien entra. En ningún momento se detuvieron, solamente él le tapó la boca con su mano y a ella le pareció que no era nadie para tomar ese atrevimiento. Con una mirada indiferente le bajó el brazo, y todo siguió. Y así continuó durante casi una hora, siempre ahí parados, con las piernas cansadas de tanto movimiento, queriendo tener cerca un lugar en donde reposar.
Antes de despedirse, y algo temeroso, le preguntó si la situación se repetiría. Ella le contestó que sí y que sería todos los días hasta que Dios lo disponga. El mucho no le creyó. Pero así fue, hasta que Dios lo dispuso. Durante cuatro días se estuvieron encontrando en ese baño. En el baño del olor a podrido, en ese en el que había más publicidad que en un periódico, en aquel en el que nadie imaginaría estar con una mina. En ese baño todos los días y a la misma hora. Y a pesar de que todo era muy monótono, su rostro regalaba una sonrisa en cada despedida. Durante esas tardes hablaron bastante. Ella estaba interesada en saber más y más cosas sobre de él. Le preguntó varias veces por su familia, por sus amigos, por aquellos que creía que él más quería. Discutían de la vida, de los fracasos que siempre se nos presentan, de las tristezas que nos cuesta sortear. Hablaban como si se conociesen de siempre. Parecía que ella con cada pregunta lo estuviese poniendo a prueba. Una vez le preguntó algo que a él le llamó la atención. Le preguntó si era feliz y si le importaba seguir viviendo, si alguien en este mundo necesitaba tenerlo cerca. A él la pregunta le pareció algo extraña. No entendía porque se lo estaba preguntando. Pues… ¿que cambiaría con su respuesta? Pensó en devolverle la pregunta, pero fue la mirada de ella reclamando una respuesta, la que lo obligó a responder. Le dijo que si, que era feliz. Pero… ¿de qué podía estar feliz, si lo vivían gastando en el laburo y encima de todo, la guita no alcanzaba? Feliz lo hacía su hijo. Al que lamentablemente solo le permitían ver los fines de semana. Ahí estaba la felicidad. Ahí estaba el porqué de seguir con esa vida de mierda.
Era jueves. El quinto día que se irían a encontrar. Justo cuando estaba por llegar al baño, se escucha una gran explosión de fondo. Era el tren que había descarrilado. El tren de las 8:15 hs., ese que acostumbraba tomar hasta que comenzaron los encuentros. Aquel que permitía leer a Sábato, Benedetti y a veces a Cortázar, en una lectura corta pero agradable. El tren que tomaba puntual todos los días, porque el de las 8:35 hs. siempre viene lleno. Estaba asustado, no entendía lo que estaba pasando, era conciente de que tranquilamente podía haber estado en ese tren. Entre gritos, llantos y sirenas de ambulancia corrió rápidamente hacía el baño. No se le cruzó por la cabeza asistir a aquellos que sangraban al costado de las vías. Quería saber dónde estaba ella. En el baño no la encontró. Pero… ¿por qué no estaba? ¿Se habría cansado de todo esto? ¿O habrá estaba dentro del tren? ¿Sería una de las víctimas? Una nota se mostraba pegada en la puerta del último baño, en ese donde solían encerrarse y compartir un poco de piel. Pensó que quizás sería otro típico papel publicitario. Con bastante miedo se acercó y la tomó. La leyó varias veces. Algo así como veinte. Todavía la conserva y de vez en cuando, en momentos en los que el recuerdo de aquellos días se le viene a la mente, se la pone a leer. Es que le cuesta entender el porqué de lo que ahí decía. Porque la nota era directa y en ella sólo seis palabras estaban escritas, tan solo seis palabras que sonaban fuertes y que costaba asimilar, tan solo seis palabras como “Ya está, ahora podés ir tranquilo”.

1 comentario:

julian romano dijo...

muy bueno che.
la verdad te felicito,segun lo veo yo si hay algo mas dificil que escribir es poder mostrarle al mundo lo que escribiste. Ojala sea para exitos